Descubre Apaseo el Grande y su riqueza histórica en haciendas, templos y sabores tradicionales que narran el México colonial.
Por Liliana Flores
Viajar a Apaseo el Grande es entrar en un territorio donde el tiempo no corre: respira. Desde que el camino se abre hacia el Bajío, el paisaje se vuelve claro, cercano, casi íntimo.
No es un destino turístico “de catálogo”. Es un pueblo que se mira de cerca: un lugar que se escucha, se huele, se camina. Un municipio tejido con adobe, capillas, haciendas y gente que mantiene vivo el latido antiguo del Bajío.
Donde empiezan el nombre y la memoria
Su nombre proviene del vocablo indígena Apatzeo, interpretado como “Flor amarilla”, “Lugar de comadrejas” o “Agua acanelada”. En cualquiera de sus significados hay algo de vida silvestre, de tierra húmeda, de origen profundo.
La historia virreinal marca el fundamento del poblado y, aunque el municipio como tal fue formalizado en el siglo XX, la memoria de Apaseo se remonta a tiempos muy anteriores, cuando los caminos eran apenas senderos y los campos estaban divididos en tierras de labor y estancias.

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Bienvenida con sabor: las famosas Vaquitas
Antes de iniciar el recorrido histórico dentro de la Hacienda Castillo, nuestros anfitriones de turismo estatal nos recibieron con las famosas Vaquitas, un pan tradicional que se entrega calientito, envuelto en papel de estraza.
La receta clásica de chicharrón sigue siendo la reina, aunque también hay versiones de picadillo o piña. Un clásico que no puedes perderte.
Exhacienda Castillo: un refugio espiritual entre el campo
Es de esos lugares que se sienten sagrados aun sin entrar al templo. Construida por jesuitas en 1620, conserva una de las trojes más grandes de la región, enormes paredes de piedra y un ambiente atemporal.
Su capilla —que data de 1850— guarda historias de la Guerra Cristera, cuando fue refugio y punto estratégico. Hoy funciona como hacienda de descanso, eventos y retiros espirituales, pero mantiene intacto el encanto rústico y solemne que tuvo desde el siglo XIX.

Obrajuelo: donde inició parte de la historia lechera de México
Llegar a la Hacienda de Obrajuelo es encontrarse con un capítulo poco contado: uno que conecta a Guanajuato con los inicios de la producción moderna de lácteos en el país.
Antiguo centro jesuita, después se convirtió en una hacienda agrícola que exportaba betabel, mantequilla, ajo y leche en polvo. Aquí llegaron las primeras vacas importadas desde Toronto, fundamentales para la construcción del modelo lechero que más tarde daría origen a Alpura.
Obrajuelo es historia económica, pero también arquitectura: patios grandes, corredores frescos y estructuras que parecen seguir trabajando.
La dueña del lugar nos recibió calurosamente; luego nos mostró cada rincón mientras nos contaba la historia de su familia. Durante el recorrido vimos naves donde guardaban alimentos, caballerizas, carruajes invaluables, cartas y otros objetos que narran la historia de Obrajuelo, un lugar que debes visitar.
Recorrido por Ixtla: entre muros y viento
Ixtla, fundada en 1550, conserva vestigios otomíes y chichimecas, además de una tradición poco conocida: más de 70 capillas familiares, de las cuales aún se mantienen en pie algunas como:
- Capilla de La Pinta, pequeña pero con un altar bellísimo.
- San Isidro Labrador, punto de reunión agrícola desde hace generaciones.
- Señor de Ojo Zarco, famoso porque los franceses establecidos en la zona dejaron como herencia el característico ojo claro que dio nombre al templo.
Ixtla es una pequeña comunidad con una gran historia. Su gente es amable y trabajadora: un rinconcito para acercarse al turismo religioso, pero también para relajarse y disfrutar cada espacio.
Un centro histórico que cuenta su propia leyenda
La primera gran bienvenida la da el Palacio de Herrera, también llamado Casa de los Perros o Casa del Águila: una joya barroca del siglo XVIII, cuya fachada parece haber sido tallada por manos pacientes y silenciosas. Sus balcones, molduras y guardianes de cantera vigilan la plaza como si aún fueran dueños del movimiento del pueblo.
Alrededor, portales, templos y calles antiguas construyen un casco histórico que no está congelado: está vivo, y por ello conserva esa autenticidad que otros destinos turísticos ya han perdido.
En nuestra visita presenciamos la procesión que las mujeres del lugar realizan de madrugada: avanzan en silencio por las calles, orando y manteniendo viva una parte profunda de su fe y de su tradición.
En una esquina del centro destaca la parroquia de San Juan Bautista, integrada por atrio, templo, casa cultural y barda perimetral. Construida entre 1762 y 1766 como un antiguo convento franciscano, este edificio destaca por su arquitectura virreinal que combina elementos franciscanos y barrocos.
Se ha convertido en un importante referente religioso y cultural en el corazón del municipio, con una historia que se remonta a la época de la colonización española y una rica tradición local.

Apaseo el Grande: historia viva, pan caliente y puertas abiertas
Caminar por Apaseo el Grande no es solo hacer turismo: es reencontrarse con la historia de México a través de haciendas que resisten, templos que narran y sabores que se quedan.
Nuestro lugar de descanso fue la Casa del Jardín, ubicada en el centro: habitaciones cómodas, espacios agradables, y disfrutamos de una rica comida en el restaurante Comala.
El municipio vive un momento de recuperación patrimonial: proyectos de rescate, rutas culturales, turismo comunitario y una creciente valoración de sus haciendas y capillas.
No busca convertirse en un destino masivo, sino en un refugio para quienes aman la historia viva, los detalles, los pueblos que se descubren caminando.
Es un viaje que deja impregnado en la ropa el olor a horno caliente, a campo, a adobe mojado.
Un viaje que no se olvida porque no es turístico: es humano.
Si buscas descubrir un lado distinto del estado, lleno de historias que merecen contarse, Apaseo el Grande te espera.
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